viernes, 5 de febrero de 2021

A propósito de Choukri Belaid

En nuestras sociedades, ocasionalmente, para frenar procesos de cambio en ciernes o facilitar nuevas dinámicas del poder se producen asesinatos políticos en torno a los cuales sólo hallamos explicaciones falsarias, silencio y secreto. Fueron los casos de Olof Palme en 1986 o de Yasir Arafat en 2003.

Menos comentado que las muertes de los dos primeros fue el asesinato en Túnez de Choukri Belaid el 6 de febrero de 2013, cumpliéndose justo ahora 8 años. Belaid fue tiroteado en su barrio, el Menzah, frente a su propia casa. Supuestamente el crimen fue responsabilidad de un grupúsculo radical islamista, que sería inmediatamente perseguido por las autoridades, cayendo – también supuestamente, pues no llegó a confirmarse su participación en el crimen– el principal sospechoso Kamel Gadhgadhi en una operación policial justo un año después del tiroteo.


Para quién no lo conozca es necesario presentar brevemente la figura de Choukri Belaid, bastante desconocido en Europa, como casi todo lo que atañe a África del Norte. Belaid fue un político de orientación marxista y que contó toda su vida con un amplio apoyo de los tunecinos, para los cuales – incluso para personas de ideología conservadora – era un símbolo de integridad moral y resistencia frente a la corrupción y a la colonización económica extranjera. Siendo que aún hoy es fácil encontrarse paseando por la capital, Tounis, su efigie impresa en las paredes, como en un intento de seguir permaneciendo en la memoria y en el espíritu de su pueblo.

En décadas anterirores, durante los regímenes de Habib Burguiba y Zine El Abidine Ben Ali - ambos vendidos a los franceses, como prueba la humillante situación de la contaminada ciudad de Gabès, donde se produce fosfato barato para la agricultura gala al tiempo que se envenena el Mediterráneo, pero de esto ya hablaremos... –, Belaid conoció la cárcel. Tras la caída del régimen del segundo en la revolución iniciada cuando el vendedor de frutas Mohamed Bouazizi se quemara a lo bonzo en 17 de diciembre de 2010 en Sidi Bouzid, Choukri Belaid participó como miembro de la Alta Instancia para la Realización de los Objetivos de la Revolución, de la Reforma Política y de la Transición Democrática.

Obviamente su presencia allí incomodaba, pues Belaid, líder del Movimiento Patriótico Democrático, tenía opciones de llegar a la presidencia de la joven república y desde ella fomentar un Túnez laico y autónomo. Los vientos que se movían entonces no iban en esa dirección. El primer gobierno de la República de Túnez recayó en el partido islamista Ennahda, quién hacía lo posible por imponer la contrarrevolución en el momento en que el político marxista fue asesinado. Oficialmente Ennahda, y su líder, Rached Ghannouchi, quién hoy es presidente del parlamento tunecino, condenaron de inmediato el asesinato de Belaid, y también oficialmente su policía persiguió a los asesinos. Pero no es menos cierto que durante el entierro de Choukri Belaid se permitió – quizás se organizó - a bandas de alborotadores que agredieron a los allí presentes, impidiendo dar a Belaid una despedida digna. Su muerte descabezó a la izquierda tunecina, incapaz de prestar desde entonces batalla a las fuerzas convervadoras neoliberales, islamistas o a sus fusiones bastardas.

Hoy, Belaid es un fantasma en los muros de Túnez, y sus enemigos son fuertes en un parlamento donde el islamismo crece al tiempo que se sigue potenciando una política de colonización respecto a países como Francia. En estos días, cuando la pandemia y la crisis económica hacen tambalear los cimientos de la República, muchos tunecinos están saliendo a la calle pidiendo justicia social. El reto es grande, pues a las jóvenes, que son quienes sustentas estas protestas, se les intenta amenazar diciendo que si el gobierno termina por caer los islamistas serán aún más fuertes que antes. Es el eterno chantaje, obligados siempre a elegir entre la corrupción de las élites económicas asociadas con el islamismo moderado, o a caer en la barbarie del islamismo radical…

No se engañen, el islamismo radical no existe, o bien, existe, pero sólo como mazo de quienes hoy detentan el poder en Túnez. A fin de cuentas, ¿no fue ese mazo el que segó la vida de Choukri Belaid cuando en los bares de la Rue Marseille aún se hablaba de revolución con una sonrisa entre labios?





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